Friday, 21 March 2025

Biografía y árbol genealógico - Actualizada al 2025

Orígenes y destinos


Nací en la ciudad de La Plata, un 21 de noviembre de 1983, segundo de tres hermanos, hijo de Carlos Antonio y Ana María Galíndez. A la temprana edad de diez años, el destino me despojó de mi madre, dejando en mí una ausencia que marcaría cada uno de mis pasos. Mi educación fue errante: atravesé cuatro escuelas primarias antes de culminar mis estudios polimodales en la E.E.T. "Albert Thomas". En el 2005, egresé del Instituto de Teología "Mons. Antonio J. Plaza", y desde 1999 hasta 2009 consagré mi tiempo a la misión como laico redentorista. En la capital, proseguí mis estudios en la Facultad de Teología de la UCA, y finalmente, encontré mi camino en la enseñanza de la Filosofía.

Mis padres: una historia entre letras y distancias

Trazáronse los caminos de mis padres de la misma forma que el destino de muchos de la época hizo que conocieran: en las tintas de un periódico y en el trazo incierto de una pluma que ignoraba la trascendencia de sus palabras. Así se cruzó la Providencia omnipotente los caminos de Carlos Antonio Poratti y Ana María Galíndez, donde la distancia no fue un obstáculo, mas el preámbulo de un encuentro ineludible.

Carlos A. Poratti

Carlos Antonio Poratti vio la luz un 13 de julio de 1944 en la localidad cordobesa de Laboulaye, hijo de Juan y Adela Pérez. Tuvo sos hermanas: Susana y Mary. En aquella tierra de silencios y llanuras, recibió el bautismo en una parroquia franciscana. Siendo aún niño, sus padres lo llevaron de regreso en tren a la ciudad de 9 de Julio, de donde eran oriundos. Los estruendosos sonidos de aquella locomotora los recodaría toda la vida. En aquella localidad bonaerense transcurrió su infancia y cursó sus estudios, graduándose como técnico en tornería. Allí, en la vastedad de la llanura pampeana, forjó su carácter y cultivó su espíritu inquieto, aquel que lo llevó a estudiar a distancia, a desafiar con su empeño las limitaciones impuestas por el tiempo y el espacio.

Sexto grado, escuela número 4 de la ciudad de Nueve de Julio. Año 1957. Nombres de los niños:
Ángel Luís Loia; Jorje Horacio Marino; Omar Alfredo Álvarez; Nelson Roberto Salas; Luís Silvestre; Cayetano Francisco Forte; Jorge Darío Soaje; Carlos Héctor Siri; Oscar Francisco Vamni; (Ininteligible: ¿Luís?) Alberto Mainen; (Ininteligible el primer nombre) Domingo Labriola; Carlos Antonio Poratti. Nombres (o apellidos) de las niñas: Aón; Alicia Ester Guissi; Alicia Inés Cerbatte; ¿Álvarez?; Denegri; Mercedes Susana García; Susana Raquel Picardo; Blanca Ester Guzzo; Norma Isabel Picardo; Margarita del Carmen Visc... (initeligible, por papel arrancado); Maestra: María Antonia (parte arrancada, ininteligible)

Cuenta Mary, una de sus dos hermanas, que de niño tenía una costumbre no muy grata hacia los gatos, que lanzaba a los pechos de un modo poco ortodoxo. Podía llegar a ver cuatro gatos arriba del techo lanzados por él. Ella adjudicaba sucesos posteriores a un demonio japonés de los gatos (un "dios" en sus palabras) o de no sabía dónde.

De niño, contaba, cayó en el pozo séptico, tragando varios tragos del agua que había allí, mientras su madre, echada en el piso, estiraba su mano para alcanzarlo. Dijo que nunca se enfermó a pesar de haber tragado esos desperdicios. Contaba cómo incluso recordaba los sapos de aquel pozo. Así también recordaba por lo menos un tornado que azotó la ciudad en la que vivía. Recordaba vivamente cómo el viento azotaba las persianas de la ventana, que se abrían y cerraban violentamente y bien rápidamente.

En su cuaderno de calificaciones no tenía muy buenas notas. Tenía muchas notas bajas. Recordaba incluso cómo en una ocasión, peleó en el baño con otro niño, y en un golpe o empujón que dieron contra una pared delgada, la tiraron abajo.

Desde joven, el trabajo no fue una opción, sino una necesidad: los campos de su familia lo vieron crecer entre faenas rurales, mientras en su interior germinaba una inquietud inesperada. Contaba que en una ocasión escapó de su casa para ir a Capital Federal. Allí pasó por un canal de televisión. Preguntó si podía dejar momentáneamente el bolso que tenía allí, mientras iba a caminar. Al volver a recoger el bolso, le regañaron duramente haber hecho eso, ya que ellos no sabían si podía haber sido una bomba. Un policía que lo encontró caminando sin rumbo, probablemente con el deseo de darle un consejo, le preguntó por qué no estudiaba policía. Así encontraría pronto un trabajo y tendría un sueldo.

Desafiando las limitaciones de su entorno, estudió cinematografía por correspondencia en un instituto de Los Ángeles, California. En Nueve de Julio vivía con sus padres en la calle Río Bermejo. En su habitación tenía un poster de Serrat y discos suyos que escuchaba. Independiente era otra de sus pasiones. Por otro lado, iba en su bicicleta para todos lados. Recuerdan el dínamo que usaba en ella. Nunca lo recuerdan haber estado de novio o buscando novia. Entre los trabajos que tuvo se cuentan el de fotógrafo periodístico en 9 de Julio, como florista (en aquella localidad y en La Plata) y en el cementerio municipal nuevejuliense. En las tarjetas de presentación, había cambiado su apellido al de Carlos Antonio Porti (o Portti), según una moda de la época y del ambiente. La providencia, sin embargo, lo llevó a la ciudad de La Plata, donde el 31 de julio de 1980, tras años de intercambio epistolar con Ana María Galíndez.

Había sido Graciela, la hermana de ella, quien la había impulsado a responder a una invitación con la que se toparon. Era una publicación que Carlos había escrito en un diario, según una moda de la época. Y en la tinta de aquella correspondencia la Divina Providencia empezó a dibujar la silueta de un futuro compartido. Así, el 31 de julio de 1980, en la ciudad de las diagonales, se unieron en matrimonio, sellando con un voto lo que antes habían hilado con palabras.

Juntos comenzaron su vida en una casa cercana a Plaza Castelli, en la calle 66 entre 23 y 24, donde los días se poblaron de rutinas compartidas y sueños nacientes. Tras el fallecimiento de Ana, él crio a los tres hijos. Según su hermana Mary: "se la pasaba con los libros en la mano, como era acá [en 9 de Julio]". Y así transcurrió su historia, tejida entre la fe y la constancia, hasta la última noche en que Carlos Antonio dejó este mundo, llevando sobre su pecho el escapulario del Carmelo, signo de la esperanza que jamás abandonó su alma. Fue un 13 de agosto de 2015.

Ana María Galíndez es la niña de pie de la izquierda, la que tiene el gorrito. La otra joven de pie es Nidia. La niña que está agachada es Beatriz. Foto mejorada con AI.



Ana María Galíndez llegó a la vida un 13 de mayo de 1951, en Plaza Huincul, Cutral-Co, en la provincia de Neuquén, un día consagrado a Nuestra Señora de Fátima. Nació en una tierra que aún era colonia, donde las familias se resguardaban en carpas o en frágiles casas de chapa, mientras el viento patagónico azotaba sin tregua. Hija de Mauricio y Flor Dodero, fue una de las tres hermanas del matrimonio, junto a Nidia Cristina y Beatriz María; además, tuvo un hermano, Roberto. De niña, compartió estudios con su prima Graciela Dodero, y en su juventud, la belleza de su espíritu y su presencia no pasaron inadvertidos: fue elegida como la joven más bella de su ciudad, honor que la llevó a recorrer sus calles en carruaje, bajo la mirada de un pueblo que la aclamaba.

Entre las materias que tuvo en el bachillerato estuvo la de mecanografía. De niño nos mostraba las hojas que hacía de caras de próceres, todas con letras, a cada cual debía dar una presión especial (débil, mediana o fuerte) para simular sombras más o menos oscuras. Eran trabajos que me asombraban mucho.

Su vida se apagó el 16 de abril de 1994, dejando tras de sí el eco de su risa y la huella imborrable de su amor.

Ana María en la casa de La Plata.

Antes de pasar a la generación de 1910, conviene decir algo sobre Susana y Mary, hermanas de Carlos.

Empecemos por Susana. Nació en 1942. Se casó a los quince años con Walter Salvador Appella. Recordaba con cariño las salidas al cine que compartían: les gustaba mucho ir juntos, especialmente en la época en que tenían el supermercado sobre la calle Córdoba. Walter solía mencionar que disfrutaban particularmente de las películas de Cantinflas. Comenzaron “sin nada”: juntos fueron adquiriendo, paso a paso, todo lo que tuvieron. Construyeron primero una casa de chapa, que más tarde vendieron para comprar la que finalmente habitaron. Ella recuerda cómo hubo un tiempo en el que, cuando trabajaba, se levantaba a las cinco de la mañana y se acostaba a las diez de la noche. También recordaba la cantidad de gente que atendía entre el supermercado y en su casa con su familia.

El asado en familia fue algo tradicional. Recuerdan una anécdota en Junín en el que mientras los varones habían aprovechado para ir a pescar, Susana hacía lo mismo preparando el lechón para el asado. Tal sería la dedicación que le daba que las mujeres del lugar se acercaban a verla. Y en la casa quedó el recuerdo de las milanesas que Walter hacía.

Walter y Susana tuvieron tres hijos: Walter, Liliana y Graciela. Tras 67 años de vida matrimonial, acaeció la muerte de él, el 20 de octubre de 2025, a los 87 años. Eran católicos. Dos datos más: que a Susana le encanta el fútbol, y que recuerdan el apellido del médico de cabecera de la familia: el doctor Bérgamo.

En cuanto a Mary, hermana de Carlos y de Susana, nació en 1943. De ella puede decirse que, cuando Susana y Walter tenían una cita, a ella le daban una bicicleta con la que los acompañaba. Recuerda las palizas que recibía de su padre, sin comprender por qué, después de haber salido con su hermana.

Mary se casó con Hugo Pardo, camionero de profesión. Hugo fumaba en exceso. “Metete cualquier cosa en la boca, pero nunca un cigarrillo”, solía decir. Internado en más de una ocasión por la tos y el ahogo provocados por el cigarrillo, llegó incluso a romper un televisor en un ataque de ira. Cuando le pedían que dejara de fumar, respondía: “De algo hay que morir”.

Mary recuerda la fidelidad que tuvo hacia él hasta su muerte. Reconoce, sin embargo, el carácter explosivo que podía llegar a tener, algo que también experimentaron las enfermeras durante sus internaciones. Aun así, lo define como “un hombre entero, de los pies a la cabeza”.

Era filántropo: si en un restaurante veía a algún niño con hambre, los invitaba a comer hasta que quedaran satisfechos. En una ocasión, al ver a un anciano muriéndose de frío, le dio sus propias zapatillas y le compró cuatro pares.

Hugo era ateo —cuenta Mary— porque, aunque su madre era espiritista, o quizás por eso mismo, no le había enseñado religión, "ni siquiera un padrenuestro". Sin embargo, esa misma madre le obsequió a Mary un juego de copas de cristal. Cuando Mary le preguntó el motivo de aquel presente, la suegra le respondió que era porque había sido muy buena con su hijo.

Mary es católica. Recuerda un problema de salud aparentemente grave que tuvo en una ocasión, en la que había acudido a Santa Rita y recibido la gracia de la curación. Siempre se mantuvo ocupada. Antes, cosía y bordaba. Ahora pinta. Ya que no está "para ver paredes".

Mary Poratti y Hugo Pardo tuvieron tres hijos: Diana, Fernando y Silvio. Silvio es camionero, como lo había sido su padre. Y después, ellos a su vez le regalaron una numerosa descendencia. Franco, uno de sus nietos, se casó con Tamara y tuvieron dos hijos, uno de ellos de nombre Genaro.

Susana y Mary. La foto ha sido reconstruida digitalmente con AI en la zona de las faldas y del muñeco.

Foto de un cumpleaños familiar. Se ven a Fernando, Diana y Silvio. Atrás a los abuelos Juan y Adela. La foto fue restaurada con AI.





Familia Poratti Pérez. No sé quién es cada uno. La abuela Adela está sentada a la derecha. Quizás el abuelo es el que está de pie a la izquierda sosteniendo a un niño.


Otro evento de la familia Poratti Pérez (creo)

Abuelos
Juan Poratti: el peso de un destino

Nicho en el cementerio de Nueve de Julio de Juan Poratti

Juan Poratti vio la luz un 8 de marzo de 1910 en la ciudad de 9 de Julio, el tercero de seis hijos nacidos de la unión entre Juan Félix Poratti y Ángela Aranda. Sus hermanos, en el orden en que llegaron al mundo, fueron Irma, Ángel, Roberto, Isidoro J. y Félix. Ángel, nacido en 1908, alcanzó el siglo de vida en La Plata; en su juventud, jugó al fútbol y sirvió como policía. Uno de sus hermanos partió demasiado pronto, víctima de la furia ciega de un caballo que lo pateó en el campo. Por su parte, Isidoro falleció el 23 de enero de 1996, a los 86 años.
Nicho de Isidoro Poratti en el cementerio de 9 de Julio

Juan, con apenas un año de escuela primaria, aprendió lo necesario para leer y escribir con una destreza que mi padre siempre admiró. La el trabajo de la tierra suplió al aula: trabajó en los campos junto a su familia, pero su curiosidad lo llevó más allá. A través de cursos por correspondencia, estudió "Servicio de radio y televisión", quizás soñando con un futuro distinto.

Juan Poratti. Foto mejorada con AI.

Se casó con Adela Pérez y construyó su vida en 9 de Julio dando tres hijos: Carlos, Susana y Mary. Cuenta Susana que él, Juan, tenía un carácter fuerte, y que "se creía que no íbamos a tener nada". Recuerda ella que Juan era "un contra total". Y que le daba "cada paliza". "Él pensaba que, al ser tan jóvenes, nos íbamos a separar enseguida", sigue Susana.

La casa de Juan y Adela estaba en la calle Río Bermejo. La habitación de ellos daba a la calle. La casa tenía un saguán. Después de la habitación de los abuelos estaba el baño, luego un living al que se entraba desde el saguán, la pieza de Carlos y la cocina. Y entre la pieza de Carlos y el baño había una piecita hacia atrás, que era la de las hermanas. El piso de la cocina era de ladrillones brillosos. Los domingos a la mañana inundaba el olor de la salsa con ñoquis en una mesita. Al lado de la puerta estaba la heladera y del otro lado la mesada. También la casa tenía una especie de tallercito y en el fondo, bien amplio, tenían una huerta con gallinero. Y "una hermosa planta de palta contra la pared de los Martínez".

Juan tenía muchas medallas ganadas en el juego de bochas. Esas medallas desaparecieron.

Cuenta Susana que Juan había sido invitado a comer a la nueva casa que habitaba ella con Walter y que su papá había quedado muy impresionado. Que "no lo podía creer". Mary, sin embargo: "él era una buena persona", pero quería que las cosas se hicieran derechas y en eso era inflexible. Entre risas, Walter recuerda un dicho que le había dicho Juan: que "lo que se lleva no se devuelve". La sombra de una deuda lo persiguió hasta su último aliento. Al día siguiente de aquella invitación, acorralado por una obligación impuesta por las autoridades vecinales de su barrio debido a un asfalto hecho, decidió poner fin a su vida en el lavadero de su casa, con una soga como testigo mudo de su desesperación. Era noviembre de 1990.

Uno de sus hermanos, Ángel, que llegó a los 100 años, ya incluso anciano se subía a los techos a hacer arreglos. En una oportunidad, cayó de lo alto, dio una vuelta mortal y cayó de pie. No se hizo nada. Su médico de cabecera quedó estupefacto de la vitalidad que tenía.


Adela Luisa Pérez: fortaleza en la adversidad

Primera comunión de Adela Pérez

Adela Luisa Pérez nació el 11 de marzo de 1907 en Las Rosas, Santa Fe. Fue una de los nueve hijos de Francisco Pérez y Eusebia del Río. Entre sus hermanos se contaban Ángel, Adolfo, Manuel, Francisco, Esteban, María Hilaria, Ida y Luisa.

Mary, una de las hijas, la recuerda: "mamá era tan buena...". Cuando Susana salía con Walter al cine, Adela les acompañaba con Mary.

Se unió en matrimonio con Juan Poratti en 9 de Julio, y juntos trajeron al mundo a tres hijos. Tenían sus rencillas, pero seguía un consejo que dio en una oportunidad a Mary, cuando le preguntó: "si tu marido te dice que esto es blanco aunque sea negro, decí que es blanco". Sus restos hoy descansan en el cementerio de dicha ciudad. Falleció en febrero de 1993, tres años después de su esposo, cerrando así un capítulo de lucha, amor y resistencia.

Adela Pérez de Poratti, en mayo de 1969.



Mauricio Galíndez: el orgullo de un nombre

Mauricio Galíndez nació en el año 1911, hijo de José Lino Galíndez y Encarnación Barragán. Fue bautizado el 3 de mayo de 1912 en la parroquia Nuestra Señora del Carmen, en la localidad de Cañuelas. Desde temprano llevó consigo una convicción firme respecto de su identidad familiar: rechazaba el apellido materno, Barragán, al que consideraba “de la orilla”, un estigma que no deseaba legar a sus hijos. Esa decisión, más allá de lo nominal, parece haber expresado un rasgo profundo de su carácter: el deseo de trazar un rumbo propio, severo y claro.

Se formó como ingeniero agrónomo, profesión que lo ubicó dentro de una generación de hombres de saber técnico, ligados al trabajo, a la tierra y a una ética exigente. Quienes lo conocieron lo recuerdan como un hombre de la época, duro, riguroso, de carácter fuerte. Una expresión transmitida oralmente lo define con notable precisión: “con más espinas que un Tala”, fórmula criolla, gráfica y elocuente, que parece haber circulado ya en vida para describirlo. Sin embargo, junto a esa dureza convivía otra dimensión: la de un hombre al que muchos recuerdan como un tipazo, capaz de gestos de afecto y enseñanza, especialmente con los más chicos.

Durante unas vacaciones familiares en Monte Hermoso, convivió junto a sus hijos y sobrinos con otros parientes, entre ellos un niño mucho menor que todos, Daniel Carasssale, quien más tarde recordaría con especial cariño a Mauricio. Aunque no lograba explicarse del todo por qué, sentía que Mauricio le había tomado afecto; quizá —conjeturaba— por su condición de “huérfano con padres vivos”. En esos días, Mauricio le enseñó a recolectar almejas, que luego comían con vinagre, un recuerdo simple pero muy vivo, donde se transparenta una forma de transmisión práctica del saber y de la vida.

En el ámbito familiar, Mauricio fue una figura fuertemente estructurante. Sus hijas —Ana, Nidia y Beatriz— y su hijo Roberto crecieron bajo una crianza rigurosa. En su presencia, todos eran más bien callados: así lo recuerdan quienes compartieron aquellos años. Ana, en particular, es evocada como una mujer silenciosa, rasgo que parece haber estado vinculado a ese clima de severidad. Nidia y Beatriz, en cambio, eran más conversadoras, especialmente en ausencia del padre. Aun así, el recuerdo que quedó es el de un hogar donde, pese al rigor, había afecto, y donde incluso los primos más pequeños se sentían queridos.

Beatriz, una de sus hijas, lo recordaba como un hombre extraordinariamente sabio, alguien como nunca había conocido antes. Esa sabiduría no parecía desligarse de su carácter: más bien lo atravesaba y lo explicaba. Mauricio habría tenido un hermano gemelo —dato que permanece incierto—, aunque se sabe con certeza que tuvo al menos dos hermanos. El paso del tiempo, sin embargo, le trajo una inquietud persistente: el temor a la vejez. Creía que convertirse en abuelo lo haría verse viejo, y ese umbral lo inquietaba profundamente.

En una coincidencia que marcó a la familia, Mauricio falleció en 1969, justamente el día del nacimiento de su primer nieto. Murió, así, justo antes de cruzar ese umbral que tanto temía. Para quienes lo recuerdan, ese hecho adquirió con los años un peso casi simbólico.

Algunas anécdotas familiares completan el retrato humano: como aquella salida de campo en la que, por desconocimiento, acercó demasiado un arma a su rostro al intentar probarla, recibiendo un fuerte golpe y sangrando profusamente, ante el gran susto de su hija. O los relatos sobre su firmeza de carácter, visible incluso en la infancia de sus hijos y en pequeños episodios cotidianos.

Con el tiempo, Mauricio alquiló una casa en Tolosa, La Plata, para que sus hijos pudieran estudiar, camino que finalmente los cuatro siguieron. Luego, como suele ocurrir, los rastros se fueron diluyendo y cada uno continuó su vida.

Así permanece hoy la figura de Mauricio Galíndez: un hombre severo y sabio, duro y afectuoso, exigente y formador, profundamente marcado por su tiempo y, al mismo tiempo, profundamente recordado por quienes lo conocieron. Su memoria se conserva fragmentada en relatos, expresiones, silencios y anécdotas, pero en conjunto compone el retrato de un patriarca cuya impronta dejó huella en varias generaciones.

Flor Dodero: la fe de una estirpe

Flor Dodero y su hija Nidia Cristina Galíndez sosteniendo a Ariel Poratti. De pie, Santiago, hijo de Nidia. Lugar: frente del Seminario Mayor San José de La Plata.

Flor Itala Dodero nació en Neuquén en 1913, hija del italiano Colón Pío Dodero y de la chilena Emelina Quezada. Su infancia estuvo marcada por el trabajo de su padre como docente, un oficio que la llevó a crecer en esa tierra ventosa y de horizontes abiertos. Allí también nació su hija, Ana María.

Entre sus hermanos se contaban Graciela Haidee, Esther Argentina y Francisco Antonio Rafael. Graciela Haidee, con el tiempo, se casaría con el señor Carassale y daría a luz a Graciela y Daniel Carassale. Fue una mujer de profunda devoción, cuya fe trascendió generaciones.

Curiosamente, el nombre de Daniel, podría haber recaído sobre el autor de estas líneas. Más Carlos, en la fila del registro de las personas, decidió cambiarlo por el de Sergio Ignacio. Por su parte y pasando el tiempo, Daniel Carassale formó su propia familia, y Flor Dodero, testigo de tantas vidas entrelazadas, falleció en febrero de 1993, en la ciudad de Mar del Plata.


Plaza Huincul: llevando los niños a la escuela. 1923.

Bisabuelos

Juan Félix Poratti, Ángela Aranda y su descendencia

Juan Félix Poratti, o Porrati según algunos documentos, nació en 1879. Fue hijo de Pedro Poratti (o Porrati) y Felisa Maggi, y hermano del dos veces intendente de 9 de Julio, Ramón Natalio Poratti. Bautizado el 12 de marzo de 1879 en esa localidad, tuvo tres hermanos: Fermina (1881), María (1889) y Carlos (c. 1892).

El 28 de julio de 1904, contrajo matrimonio con Ángela Aranda, nacida en 1883, hija de Germán Aranda y Cruz Sánchez. Para 1895, su padre residía en Bragado o Cáseres.

Hubo un Juan Félix Poratti en Santa Fe, quien se casó con Ana Combina (nacida en Carlos Pellegrini el 25 de noviembre de 1899). hijo de diferentes padres que nuestro Felix Poratti. Aquel Juan Félix, en la localidad de Sastre, junto a Ana, dio a luz a Elvo Poratti, quien posteriormente fue padre de María Esther Poratti.

Juan Felix fue padre de Isidro J., Ángel, Faustino Ruperto (1912-1944), Irma Isabel, Félix, Roberto y Juan. Hijos de Faustino: Victor Domingo, Roberto Hugo (n. 1947) que fue un vecino muy apreciado y querido en la localidad (fallecido 10 de julio de 2024); Carlos y Luís.

Ramón Natalio Poratti y su legado

Detengámonos en uno de los hermano de Juan Félix: Ramón Natalio Poratti. Fue una destacadísimo intendente de 9 de julio. Se casó con Fidelina Doga, fallecida el 6 de septiembre de 1974. Entre sus hijos encontramos a Adolfo Ramón, a Susana Edit y a Roberto Luís "Tití".

Uno de sus hijos, como su padre, fue también un vecino destacable. Nos referimos al intendente Adolfo Ramón Poratti. Nació el 24 de mayo de 1905 y falleció el 22 de noviembre de 1973. Se casó con María Ameli ("Mima") Lassus (20 de marzo de 1913 - 12 de julio de 1992), descendiente de un hacendado que había llegado a la región en 1884.

Otro de los hijos de Ramón y Fidelina fue Susana Edit Fidelina ("Porota") Poratti, nacida el 16 de septiembre de 1918. Se casó con un hombre de apellido Gornatti y se dedicó a su hogar como ama de casa. Falleció el 18 de abril de 2010 en Nueve de Julio. Sus restos descansan en la bóveda de Ramón N. Poratti.

Armando Poratti, destacado filósofo que Nueve de Julio dio a la región, nacido el 2 de octubre de 1944 en 9 de Julio, fue parte de esta línea familiar. Falleció el 31 de octubre de 2012. Había sido padre de dos hijos. Una de ellas fue María.
Roberto Luís "Tití", otro de los hijos de Ramón Natalio, fue padre de Luís, de Carlos Roberto y Mary.
Ramón falleció en la ciudad de Buenos Aires, mientras caminaba por una vereda, el 25 de septiembre de 1942. Quizás en la avenida de Mayo. Trasladado su cadáver a Nueve de Julio, numerosísima fue la concurrencia de caballeros de traje, corbata y sombrero. Sólo varones, como era la costumbre. Las mujeres quedarían acompañando a la viuda en su casa. Tras su fallecimiento se publicó un libro con todos los telegramas enviados a la viuda de Ramón, más comentarios de la prensa, discursos pronunciados, listados de nombres que han hecho sus ofrendas florales. Los restos de Ramón Natalio y los de su familia esperan la resurrección de los muertos en una bóveda del cementerio municipal de aquella ciudad.

Francisco Pérez, Eusebia del Río y un origen que se pierde

Francisco Pérez, padre de mi abuela materna, podría haber nacido en San Sebastián, Pamplona, España. Se sabe que tanto él como su esposa, Eusebia del Río, eran reconocidos por su apego a las tradiciones españolas, asistiendo a fiestas con trajes típicos.

En los censos de 9 de Julio, aparece un Francisco Pérez nacido en 1893. viviendo en una zona rural pero con personas argentina y con otros apellidos: Flora Gutiérrez y Froilán Gómez.

A modo de referencia, en el mismo censo figuran otras personas con el apellido Pérez: Manuela Pérez (1886) y Georguina Pérez (1888), además de Cipriano Gutiérrez (1880), Orsoria Gutiérrez (1886) y Eleuterio Gutiérrez (1877). La dificultad de rastrear su identidad radica en lo común de su nombre y apellido.

José Lino Galíndez, Dominga Encarnación Barragán y su linaje

Vamos con los padres de Mauricio Galíndez: José Lino y Dominga Encarnación. José Lino nació en 1876, hijo de José Lino Galíndez y Justina Rodríguez. Señalaba que su apellido derivaba de "Galindo", lo que ha sido confirmado en registros genealógicos.

El 30 de septiembre de 1907, en el partido de Cañuelas, se casó con Dominga Encarnación Barragán, nacida en 1882, el mismo año en que se fundó la ciudad de La Plata.

Encarnación Barragán era hija de Miguel Fructos Barragán y Encarnación López, perteneciendo a una tradición criolla arraigada en la región.

Colón Pío Dodero y Emelina del Carmen Quezada

En esta escuela rural Colón Pío Dodero fue maestro y director hace más de 100 años ya.

Colón Pío Celestino Dodero y Emelina del Carmen Quezada

Reseña biográfica

Los padres de Flor Itala Dodero, abuela materna de la familia, fueron Colón (o Colombo, en italiano) Pío Celestino Dodero y Emelina del Carmen Quezada, dos figuras cuya historia personal se entrelaza con la expansión educativa, cultural y espiritual de la Patagonia argentina en las primeras décadas del siglo XX.

Colón Pío Celestino Dodero

Colón Pío Celestino Dodero nació el 16 de junio de 1879 en la ciudad portuaria de Génova, Italia, hijo de Francesco Dodero, capitán de barco, y Angela Galleano (o Galeano, según algunos registros). Su infancia estuvo marcada por una decisión paterna que selló su destino: Francesco, acuciado —según la tradición familiar— por las exigencias de una “señora que le hacía gastar mucho”, resolvió enviarlo a la Argentina para estudiar en un internado religioso, una “escuela de curas”. El viaje transatlántico, realizado en un buque similar al Adelaide Lavarello, fue el primer episodio de una vida signada por el desarraigo y la itinerancia.

Aquella travesía no fue un mero traslado geográfico, sino el umbral de una vocación. En las geografías ásperas del sur argentino, Colón Pío encontró su lugar como docente, encarnando un modelo de maestro propio de su tiempo: austero, disciplinado y convencido de que la educación era la herramienta fundamental para transformar la sociedad.

Entre 1910 y 1920, se desempeñó como maestro y director en escuelas rurales del entonces inhóspito territorio del Neuquén, primero en Vilú Mallín, en la primera escuela rural de Neuquén, y luego en Andacollo, donde fue designado primer director de la Escuela N.º 28. En aquellos parajes, la escuela era una frágil avanzada institucional en medio de un paisaje dominado por la vastedad del monte, la nieve persistente, los ríos crecidos y los caminos casi inexistentes. Allí, Dodero no solo enseñaba lectura, escritura y cálculo, sino que asumía una misión más amplia: la de civilizar, en el sentido positivista del término, a comunidades que él percibía como ancladas en un atraso cultural profundo.

Sus escritos —en sintonía con el ideario pedagógico de la época— reflejan con crudeza esa mirada. Siguiendo la estela de su predecesor Roque Salinas, describió a Vilú Mallín como un espacio dominado por festejos prolongados, bailes de cueca que se extendían durante días y noches, ebriedad y abandono corporal. Para Dodero, no se trataba de simples costumbres populares, sino de un síntoma moral. En uno de sus textos dejó escrito:

“De este atraso intelectual nacen las justamente calificadas orgías que se llevan a cabo en holocausto de tal o cual santo, de tal o cual fiesta, y en ellas se inmola la juventud que participa de los bacanales festines”.

Llegó incluso a comparar esa realidad con una suerte de “Neo Roma Neroniaca”, decadente y corrupta, que debía ser erradicada. En consecuencia, reclamó la intervención policial para suprimir el expendio de alcohol y las festividades, convencido de que la escuela y la fuerza pública, actuando juntas, podrían ser “la catapulta que abatiría los muros donde se enseñorea la corrupción y la crápula”.

Desde la perspectiva actual, sus textos revelan una tensión evidente: por un lado, la fe sincera en la educación como motor de progreso; por otro, la rigidez de una mentalidad que juzgaba con severidad las tradiciones locales. En ese dilema se resume la experiencia de muchos docentes de la Argentina profunda, empeñados en alfabetizar y moralizar en territorios donde la cultura escolar era vivida como una imposición externa.

Sin embargo, el legado de Colón Pío Dodero no se reduce al peso de sus juicios. A pesar de las lluvias interminables, de los ríos que aislaban la escuela durante semanas y de la indiferencia —o resistencia— de parte de la población, perseveró en su tarea. Quienes pasaron por sus aulas recibieron no solo instrucción, sino el impacto de un hombre que, con todas sus contradicciones, creyó profundamente en el poder transformador del conocimiento. En ese rincón apartado del mapa, su figura se alzó como un faro de orden en un mar de incertidumbre.

Con el paso del tiempo, las nociones de “civilización” y “barbarie” se transformaron. Hoy, Colón Pío Dodero emerge no solo como un maestro, sino como un símbolo de las tensiones entre dos mundos: el del viejo ideario de la educación como cruzada moral y el de una cultura popular que resistió, con la misma pasión con la que bailaba cuecas en la noche patagónica, a ser domesticada.

Emelina del Carmen Quezada

La vida de Colón Pío Dodero encontró punto de equilibrio en su matrimonio con Emelina del Carmen Quezada —o Quesada, o incluso Luezada, según la oscilación de los registros—, maestra chilena que también trabajó en Neuquén. Emelina nació el 4 de diciembre de 1892 en Los Ángeles, Chile, hija de Juan Bautista Quezada y Petronila Martínez.

Mujer de profunda fe, era recordada por poseer una intuición casi profética. Una anécdota transmitida oralmente la retrata con fuerza: cierta noche, sintió una urgencia inexplicable. Su esposo, habituado a recorrer cientos de kilómetros a caballo, se había extraviado en la espesura del bosque patagónico. Sin dudarlo, Emelina encendió una hoguera; el humo fue la señal que permitió a Colón Pío orientarse y regresar. El fuego, en esa escena, se vuelve símbolo tanto de supervivencia como de cuidado.

Juntos tuvieron cinco o seis hijos, según las fuentes. Entre ellos se encontraba Graciela Haydée Dodero, nacida en Chos Malal el 1.º de enero de 1919, a quien su madre describía como “alta y muy linda”. Temiendo que esa belleza la expusiera a los peligros del mundo, Emelina la llevó al convento del Instituto de las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, fundado por Santa Francisca Cabrini. Graciela vivió allí los rigores de la vida religiosa, primero en Italia —en una casa de la calle Ulisse Aldrovandi, hoy convertida en hotel— y luego en un contexto marcado por la guerra. La experiencia fue dura; abandonó el hábito, pero no la oración. Regresó a la Argentina en 1946, tras un paso por Brasil, conservando una espiritualidad intensa que marcaría a las generaciones siguientes.

Graciela se casó con Carlos Carassale, trabajador de Siemens en Buenos Aires, y fue madre de Daniel Carassale. Falleció en 1997, cuando su nieto Luciano Carassale tenía apenas un año.

Otros hijos de Colón y Emelina fueron Esther Argentina Dodero, quien contrajo matrimonio con Ángel Edelman, primer gobernador de Neuquén, y Francisco Antonio Rafael Dodero. La familia se enlazó así con figuras centrales de la historia política y social neuquina.

Un episodio extraordinario marcó de manera indeleble la historia de la familia. Emelina del Carmen Quezada fue dada por fallecida y el velatorio ya había comenzado cuando una de sus hijas, Graciela Dodero, presa del momento, elevó una súplica a Dios por la vida de su madre. En ese momento, hizo una promesa: si su madre le era devuelta, ella entregaría su vida al servicio religioso. Según el recuerdo transmitido, fue entonces cuando Emelina volvió a la vida.

A partir de ese acontecimiento —vivido no como un hecho médico fortuito sino como una respuesta providencial—, la vida de Graciela quedó profundamente orientada por esa experiencia fundante. Años más tarde ingresaría en la vida religiosa, llevando consigo no solo una vocación, sino la memoria viva de aquel velatorio que se transformó, de manera inesperada, en umbral de vida.

Emelina era una mujer de fe intensa, con una intuición que muchos describían como singular. Se decía que tenía una especial devoción por la Virgen de Luján y que experimentaba una forma de comunicación interior con ella, vivida no como excepcionalidad ostentosa sino como una cercanía espiritual constante. Esa sensibilidad religiosa, lejos de disiparse con el paso del tiempo, se proyectó en sus hijos y nietos, marcando una impronta que atravesó generaciones.


En este buque o uno similar, llamado Adelaide Lavarello, llegó Francesco Dodero desde Génova.

Tatarabuelos

Pedro Poratti Pietro Porrati y Felisa Maggi

En la lejana tierra de Ossona, entre las brumas de los Alpes y el murmullo de los lagos lombardos, nació Pedro Francisco —Pietro Francesco en su lengua natal— Porrati, un 19 de junio de 1845 hijo de Angiolo Giovanni y Maria Croce. Aquel mismo día fue bautizado, a las 8:30 de la mañana. Más tarde, el llamado del Nuevo Mundo lo arrancó de su suelo natal. Desde Génova, puerto de despedidas y promesas inciertas, embarcó rumbo a la Argentina, donde habría de echar raíces en la incipiente ciudad de Nueve de Julio, en las amplias llanuras bonaerenses. Quizás aquel barco pasó por Nueva York.

A su lado viajó Felisa Maggi, su esposa, quien compartió con él el éxodo y la esperanza. Rozó el umbral del siglo de vida antes de partir, dejando tras de sí el eco de los relatos que aún perviven en las páginas de un periódico local. En ellas, su testimonio da cuenta de la barbarie de los malones, de las noches de vigilia donde la ciudad aún por nacer se estremecía ante el alarido de los indios que irrumpían en su quietud.

Años después, quise entrelazar mi tiempo con aquel pasado remoto. Fui a visitar al tío de mi padre, quien había cumplido un siglo, y le pregunté si en su memoria vivía aún la figura de su abuelo, aquel pionero italiano que había sido testigo de un mundo en gestación. Con emoción me respondió que sí, que había sido su nieto predilecto y que, cuando la vejez y la enfermedad postraron a don Pietro Francesco en el lecho, él mismo lo asistía, llevándole alimento con la devoción de quien sirve a un patriarca.

Me atreví entonces a preguntarle si recordaba alguna historia de su abuelo, un retazo de aquellos años primeros en la Argentina. Y su respuesta trajo consigo el fulgor de una escena digna de leyenda.

Recién arribado al suelo argentino, cuando Nueve de Julio aún no era más que un puñado de almas aferradas a la tierra y a la esperanza, uno de los malones los cuales no eran eventos excepcionales irrumpió con su furia implacable. Entre los gritos y el estruendo de la embestida, un indio se dirigía hacia él, blandiendo la muerte en su mirada. En ese instante fatal, don Pietro Francesco no tuvo más arma que su fe: exclamó un único nombre, un clamor desesperado y absoluto:

—¡Cristo!

Y como si aquella invocación hubiera desgarrado un velo invisible, el indio, súbitamente espantado, se detuvo. Un estremecimiento lo recorrió, su fiereza se disolvió en el aire, y sin decir palabra, giró sobre sus pasos y huyó, como si algo superior lo hubiera ahuyentado.

Así quedó grabado el relato en la memoria familiar, como un vestigio de un tiempo en que la frontera entre la vida y la muerte se sostenía apenas en un grito de fe.

...

A la edad de 31 años, Pietro Francesco Porrati, junto a su joven esposa de apenas 20 primaveras, dio inicio a su linaje en la tierra que lo acogió. Se casaron el 28 de junio de 1876 en el partido de "Santo Domingo de Nueve de Julio". Fue en la parroquia Santo Domingo. Se domiciliaba en "el cuartel primero".

En 1880, vino al mundo su primogénito, Juan Félix Porrati, seguido, dos años después, por Ramón Natalio Porrati, nacido un 25 de diciembre de 1882, quien con el tiempo habría de gobernar la localidad de Nueve de Julio en la década del cuarenta. Luego llegaron Fermina, en 1884; María, en 1889; y finalmente, en 1892, Carlos Porrati, quien habría de servir como policía en esa misma ciudad, como si la sangre de los Porrati llevara consigo el sino de la custodia y el deber.

El buque Nord América. En él viajó Pedro Poratti hacia 1880.

Ramón Natalio Porrati, heredero no solo del apellido sino también del espíritu de su padre, forjó su propia descendencia: Pedro Antonio, Juan Carlos, Armando y Raquel Porrati o Poratti. De ellos, Armando siguió los pasos de su progenitor y alcanzó la intendencia de Nueve de Julio, dejando su impronta en la historia del pueblo. Su hijo, también llamado Armando, orientó su vida hacia la reflexión y el pensamiento, convirtiéndose en filósofo y catedrático, como si la estirpe de los Porrati no solo edificara ciudades, sino también ideas.

En paralelo a esta rama del linaje, los registros evocan la figura de un tal Silvio Porrati, nacido en Italia y unido a una mujer de apellido Alberti, oriunda de Brasil. Sin embargo, los documentos, siempre imprecisos en su danza con el tiempo, mencionan también a una Emilia Albertelli como su esposa. Quizás el apellido se desdibujó con los años, quizá las voces del pasado se entrecruzaron en las actas y los recuerdos. De esta unión nacieron Germán Porrati, en 1922, y sus hermanos y hermanas: Carmen, Luisa Carlota (quien, nacida un 18 de octubre de 1909, contrajo matrimonio el 16 de junio de 1927, con apenas 18 años), Enriqueta Mercedes (nacida el 29 de mayo de 1914), Anunciada (el 18 de enero de 1917), Américo Pedro (el 11 de octubre de 1918) y Eduardo Héctor (el 2 de febrero de 1920). Germán, a su vez, engendró a Salvador Porrati, y este, a Anabella Porrati.

Pedro Poratti falleció de inanición el 29 de junio de 1936 en la misma casa donde vivió: avenida Vedia Nº 646 (el número no se lee bien el la foto que he sacado). Había trabajado como constructor.

Tatarabuelos Francesco Dodero y Ángela Galeano (abuelos paternos de mi abuela materna)

Pero la sangre de los Porrati no fue la única en mezclarse con la historia. Del otro lado del océano, en la pintoresca localidad de Boccadasse, donde las olas susurran relatos de marinos y antiguas travesías, se alza la historia de los Dodero. Allí, entre redes de pesca y sal marina, nació una familia que habría de dejar su huella más allá de las costas italianas.

Francesco Dodero, capitán genovés de la marina sarda, hijo de Gio Batta (Giovanni Battista) Dodero y María Buzzalino, vio la luz en 1846. Sirvió como comandante en la isla y fuerte de Capraia entre 1846 y 1850, cuando los mares aún dictaban el destino de los hombres. Su nombre, inmortalizado en un documento que lo menciona entre los benefactores de la construcción de un campanario en Génova, sugiere no solo liderazgo en la navegación, sino también en la devoción.

De su linaje nació Colón Pío Celestino Dodero, padre de mi abuela materna (ver supra), acompañado por sus hermanas Amalia y Benedetta Marianna Pia. Y como si el destino de su estirpe estuviera marcado por la migración y la aventura, el capitán Dodero dejó también su huella en la Argentina, donde su apellido habría de resonar en la memoria de quienes lo precedieron.

Así, entre barcos que cruzaron el Atlántico y ciudades que crecieron al borde de la llanura, entre intendentes y filósofos, entre guardianes de la ley y pescadores de antaño, la historia de estas familias se entreteje en un tapiz donde la Providencia tejió pacientemente las familias de hoy.

Ubicación de Vilú Mallín y de Cutral Co, donde trabajó Colón Pío Dodero. Al Oeste de Vilú Mallín se ve, en territorio chileno, la localidad de Los Ángeles, donde nació Emelina del Carmen Quesada de Dodero.

Tatara-tatarabuelos (Generación de 1800-1850)

En las tierras lombardas, donde las campanas de Corbetta repicaban sobre la llanura milanesa, Angiolo Giovanni Porrati y Maria Croce unieron sus destinos un 28 de enero de 1831. De aquel matrimonio nació Pietro Francesco Porrati (19 de junio de 1845 - 29 de julio 1936), Ambroggio Angelo y Carlos  (n. 1844 - f. 1897) cuyo apellido, al tocar suelo argentino, mutó a Poratti, como tantas veces ocurre cuando la historia cruza océanos.

Según Ancestry.com, Angiolo vio la luz en 1805, aunque FamilySearch lo señala en 1810, un desfase que el tiempo, siempre esquivo, se niega a precisar del todo. María Croce habría nacido también en 1810. Angiolo descendía de Gaudenzio Porrati y Giuseppa Barbaglia, mientras que María era hija de Angelo Croce y una mujer de la cual la historia apenas susurra un apellido: Parini. Hijos suyos fueron Pietro Francesco, Ambroggio Angelo, Carlo.

Ambroggio se casaría con la señorita Ángela Faveti. Hijos suyos habrían sido Juan José y José Pedro.

Tumba de Ambroggio Porrati, fallecido el 27 de septiembre de 1928, a los 77 años de edad.

Tatara-tatara-tatarabuelos

José Lino Galindo, nacido en 1837, esbozó con su linaje la trama de mi familia materna. Fue abuelo de Mauricio Galíndez, mi abuelo materno, e hijo de Juan José Galindo, nacido en 1787, y de Josefa Romero. Junto a su esposa, Justina Rodríguez, nacida en 1853, tejieron una historia que se enreda con las raíces de esta tierra. Justina era hija de Ignacio Rodríguez y Petrona Romero.

En otro rincón del tiempo, Miguel Fructos Barragán —abuelo materno de mi abuelo materno— fue hijo de Mariano Barragán y Rosa Robustiana Alarcón. Mariano, nacido en 1822 y fallecido en 1880, desposó a Rosa, nacida en 1835, el 19 de marzo de 1854 en el partido de Cañuelas.

Aquí la historia tropieza con una de sus encrucijadas más intrigantes. El escritor escocés Robert Cunninghame Graham, cronista de pampas y gauchos, dejó registrado en uno de sus libros que, hacia 1870, visitó en Ensenada la casa de un tal Frutos Barragán, a quien describe como un viejo gaucho de figura imponente. El dato no pasaría de ser una anécdota de viaje si no fuera porque el nombre “Frutos” o “Fructos” es una rareza entre los registros. Sin embargo, el Miguel Fructos Barragán de mi árbol genealógico tenía apenas 13 años en esa época, lo que parece descartar que se trate del mismo hombre.

Aun así, la coincidencia inquieta. ¿Quién era aquel viejo gaucho de Ensenada? ¿Un pariente lejano? ¿Una pista perdida en el laberinto de la historia? Quizás aún no sea momento de saberlo con certeza. La memoria, como las raíces que se aferran a la tierra.

Etimología de algunos apellidos

El apellido Poratti hunde sus raíces en la toponimia y el oficio agrícola. Un antiguo cuaderno veneciano menciona que Porati tuvo dos sobrenombres: S'ciks'cek (¿Sčiksček?) y Tùna (¿derivado de “túnica” en véneto?). Sin embargo, la etimología del apellido parece emparentarse con la palabra “puerro”, sugiriendo dos posibles significados: “el que planta puerros” o “lugar donde se plantan puerros”.

El apellido Dodero, en cambio, se bifurca en dos ramas con orígenes distintos: una italiana, de donde proviene mi tatarabuelo, y otra francesa. Ambas etimologías permanecen inciertas, aunque la tradición ha tejido relatos en torno a su origen.

Uno de estos relatos narra la historia de unos marineros españoles que, alrededor del año 1000, fueron sorprendidos por una tormenta devastadora mientras navegaban por el mar de Liguria. Sus barcos se hundieron al chocar contra las rocas de una pequeña ensenada, que más tarde recibiría el nombre de Boccadasse. El capitán de aquella embarcación se llamaba Dondero u Ondero, y su apellido habría evolucionado hasta convertirse en Dodero.

El término Ondero podría haber sido una transcripción errónea de Hondero, designando a aquellos soldados de la antigüedad que luchaban con hondas hechas de piel, fibras vegetales o crines para lanzar piedras a distancia. Estos combatientes, conocidos en latín como funditores, eran esenciales en los ejércitos cartaginés y romano, especialmente los provenientes de Baleares, famosos por su destreza.

En el dialecto genovés, Dondero también tiene otro significado: alude a algo macizo y estorboso que limita el movimiento en espacios reducidos. En el ámbito doméstico, hacía referencia a una caja que contenía objetos transmitidos de madre a hija, un legado material y simbólico.

Por otro lado, la rama francesa del apellido Dodero lo vincula con Doder, una forma arcaica de Dodier. Este, a su vez, proviene del antiguo nombre germánico Dodhari, documentado en el siglo IX. Su descomposición revela dos elementos: Dod (“niño” o “pequeño”) y Hari (“guerrero”), sugiriendo el significado de “pequeño guerrero”.

Así, entre naufragios, hondas y tradiciones, el apellido Dodero se despliega en múltiples facetas, oscilando entre la fuerza de los honderos, el peso de los legados familiares y el espíritu de un pequeño guerrero medieval.





Casamiento de Hugo Pardo y Mary Poratti

Maribel, Mary y Dorita.
Walter, Liliana y Graciela Appella, hijos de Walter y Susana Poratti

Liliana y Graciela Appella.

Primera comunión de Mary y de Susana Poratti







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